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Los bipolares somos como todos, casi normales

Creo firmemente que los bipolares somos, en el mejor de los sentidos, personas como las demás, es decir, (casi) normales —y digo «casi» porque el que se considere normal que tire la primera piedra—. Y no es que quiera creerlo —que, lógicamente, quiero— sino que los hechos me hacen pensar que realmente lo somos.

Salvo casos muy excepcionales, la bipolaridad supone, sin duda, una serie de interrupciones esporádicas en la rutina anímica que repercuten en nuestra vida cotidiana. Los periodos de manía y depresión suspenden la práctica totalidad de la actividad de la persona, confinándola en un ostracismo personal y social difícilmente evitable, especialmente en los momentos álgidos de la enfermedad.

Sin embargo, y a pesar de la importancia e incluso de la duración de estos periodos, los bipolares salimos de ellos relativamente indemnes, con un enorme malestar existencial, sin duda, pero sin afectación orgánica, al contrario de lo que ocurre con otros trastornos mayores, como, por ejemplo, la esquizofrenia. Es decir, salvando las distancias, lo nuestro es como vencer una infección (una buena infección, sin duda, pero tampoco más que eso).

De modo que tras un brote, un periodo depresivo o ambos, nos encontramos normalmente con la vida hecha una mierda, pero frescos como rosas, dispuestos a comenzar de nuevo. Listos para retomar nuestras actividades, nuestras relaciones, nuestra vida en fin.

Y es que la nuestra no es una enfermedad tan rara. Del mismo modo que a otros se les desajustan los niveles de azúcar, la presión arterial o el colesterol, a nosotros nos la juegan los neurotransmisores: acetilcolina, noradrenalina, dopamina, serotonina… haciéndonos la puñeta a su antojo. Por alguna razón siempre sorprendente y que quizá nunca comprendamos del todo, algo les pasa que se vuelven locos y nos vuelven locos a nosotros… literalmente.

Pero lo cierto es que después del follón que nos montan estas sustancias en cada episodio, tras ellos no queda nada y resurgimos tan sanos de la cabeza como antes (cada uno como lo estuviera, claro: el trastorno, obviamente, no cura nuestras neurosis y menos aún la estupidez, el que la tenga). Y así, miramos a nuestro alrededor y el mundo parece volver a estar en su sitio y los demás mortales no semejan estar en mejor estado que nosotros… porque realmente no lo están.

Así que si acabas de sufrir un brote o una depresión o estás luchando con ellos, ánimo, que ya sabes que de esto se sale. El proceso es un poco pesado (y en ocasiones parece eterno), pero se sale. Siempre se sale.

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