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Blanca Fernández Ochoa, trastorno bipolar y suicidio

Blanca Fernández Ochoa

Adiós, Blanca Fernández Ochoa

Cuando escribí esto, aún no se había certificado oficialmente las causas del fallecimiento de la esquiadora Blanca Fernández Ochoa. Solo se sabía que su muerte no había sido accidental ni violenta. Esto dejaba abiertas dos opciones: muerte natural o suicidio.

Dice Carlos Alsina, locutor de Más de uno, el programa de Onda Cero Radio y uno de los mejores periodistas de nuestro país, que «Puede fallarte el corazón en un sendero del monte y morir sin violencia alguna». Pues sí, claro que sí, o puede uno sufrir un ictus u otra forma de muerte súbita. Quizá algo de esto pudo ocurrirle a Blanca Fernández Ochoa. Sí, podría ser, todo podría ser.

También es cierto, como señala el propio Alsina que, hasta que no se conocieron de manera definitiva las causas de la muerte, lo que cabía es recordar «quién fue, y qué representó, esta mujer y respetar el duelo de su familia que, después de once días sumida en ese trance asfixiante que es no saber dónde está ni cómo está una de sus integrantes, ha de pasar ahora por el trance del pesar, la incredulidad y el vacío. El desconsuelo de tener que asumir que nada puede hacerse ya por Blanca Fernandez Ochoa, simplemente porque esa persona ya no está con nosotros».

Parecida es la opinión de la familia de Blanca Fernandez Ochoa, expresada en palabras de su hermana Lola: «da igual cómo haya fallecido Blanca, por qué lo ha hecho o por qué no lo ha hecho; lo que se ha tomado o lo que no, eso es lo de menos» puesto que «lo duro es que haya fallecido».

Imposible no comprender las razones que esgrime Alsina con su cautela periodística y la hermana con su aparente «indiferencia» hacia la forma de la muerte de Blanca, que trata de convertir esta en irrelevante. Pero, respetando los argumentos de ambos y, sobre todo, los sentimientos de la familia, creo que es preciso ir más allá de algunas de estas palabras. Obvio decir que en este interés no hay asomo alguno de morbo, como se verá a continuación.

En primer lugar, es fundamental señalar que Blanca Fernandez Ochoa sufría «desde la infancia» un trastorno bipolar, circunstancia que era conocida por la familia pero, presumiblemente, dada la actitud social que se suele tener hacia esta enfermedad, por pocas personas más. Sin embargo, el hecho de que padeciera este trastorno no quiere decir que el comportamiento de Blanca Fernandez Ochoa fuera previsible. Y está claro que no lo fue. Cuesta trabajo, a la luz de los hechos, creer que Blanca Fernandez Ochoa estaba «estupendamente».

Por otra parte, no es posible obviar las causas del fallecimiento. La cuestión no es solo que Blanca Fernandez Ochoa ya no esté, sino también por qué y cómo ha dejado de estar. No sería lo mismo esa inverosímil muerte súbita que citaba al principio que si finalmente se demuestra que se quitó la vida mediante un atracón de pastillas, algo que desde un principio constituyó no solo una convicción íntima, sino la hipótesis más sólida. Porque esta acción de Blanca Fernandez Ochoa habría sido, sin duda, premeditada, y su sufrimiento bien distinto. No es trivial que una madre de dos hijos «se olvide» de ellos, del resto de sus numerosos apoyos familiares y de una vida de éxitos (aunque, obviamente, también de sombras) y tome esa decisión. Si hubiera sido así, resulta terrible imaginar tan solo el abismo de negrura que Blanca Fernandez Ochoa habría experimentado en sus últimas horas hasta llegar a ese extremo y que habría anticipado durante un calvario que pudo haber durado días o meses. Los que conocemos el trastorno bipolar sabemos que bien podría haber vivido en esa soledad acompañada, disimulando incluso con los más íntimos, hasta que el dolor se hiciera insoportable.

Dice Alsina: «Esta palabra que a todos nos estremece: suicidio. Los medios rehuimos hablar abiertamente de la posibilidad de un suicidio creo que por estas dos razones:

Hay una tradición —-cada vez más discutida— que dice que si los medios hablamos de los suicidios, éstos aumentan. Digo “cada vez más discutida” porque hay una corriente que sostiene lo contrario: que el silenciar estas muertes ha contribuido a convertirlo en un tabú y a impedir que la sociedad lo perciba como lo que es, una causa de muerte extendidísima —diez personas en España cada día— que debería estar presente en el debate público para encontrar la manera de paliarla.

Y la segunda razón es que sentimos que al decir que una persona se suicidó estamos manchando de alguna manera su memoria y dañando a su familia. Como si fuera una muerte que habla mal de quien la ha sufrido y de su entorno. El estigma del suicidio. Probablemente lo primero que tenemos que cambiar es eso —el reproche que tenemos interiorizado, incluso la vergüenza injustificada— para poder saber más, entender mejor, enfocar mejor, un asunto dramáticamente humano».

No podría estar más de acuerdo con estas palabras, porque son el reflejo de la realidad. Pero es una realidad que debemos cambiar. Por una parte, hay que conocer mejor la enfermedad para, en la medida de lo posible, prever y evitar este tipo de situaciones y que estos trastornos conduzcan al suicidio en un número más que significativo de casos. Por otra parte, es preciso quitar la carga vergonzante que tiene el suicidio en nuestra sociedad. Al fin y al cabo, como nos recuerda Albert Camus en El mito de Sísifo, «no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena es responder a la pregunta fundamental de la filosofía».

Descansa en paz, Blanca Fernandez Ochoa.

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2 comentarios
  1. Mariel 09/09/2020

    Carlos, hace tanta falta hablar de estos temas, sobre todo de manera imparcial. Hablar del suicidio no invita a este ni aumenta su tasa. Y alguien que se suicida, más allá de si estuvo bien o mal, es algo real, que pasa y, cómo dices, es primordial indagar en el por qué y el cómo. Algunos creen que ello es un acto de cobardía, otros de valentía; lo cierto es que, sin importar lo que cada uno opine, los pensamientos suicidas ocurren en una parte importante de la población y una de las cosas más angustiantes para quien piensa en ello, es enfrentarse a la culpa y el estigma social, por el mero hecho de querer rendirse, de estar deprimidos, con o sin diagnóstico. Muchas gracias por tus aportes a través de este blog. Bendiciones

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    • Carlos 09/09/2020

      Hola, Mariel.
      Si no me equivoco, Blanca Fernández Ochoa murió en septiembre de 2019, hace ahora más o menos un año.
      Escribí esta entrada en aquel momento y no la he vuelto a releer hasta ahora. Por lo demás, nadie en la prensa ha vuelto a hablar de esta mujer desde entonces. Recuerdo que se dijo que su muerte podía haber sido un accidente (hipótesis difícil de sostener en una persona que se conocía el lugar de su muerte como la palma de la mano y que llevaba un cargamento de litio, al menos, en su mochila) hasta que finalmente la razón se impuso, aunque por la vía del silencio, y «socialmente» se asumió —aunque no se reconoció— la realidad del suicidio.
      Estoy totalmente de acuerdo con tu tesis: si no se habla de algo, no existe. Podemos obviar los suicidios del mismo modo que la violencia machista o el cambio climático. Y así nos irá. Porque es imposible afrontar lo que no existe. Y la ocultación es tan fuerte que a día de hoy (aunque en el futuro la televisión y otros medios resuciten al «personaje») no solo no existe el suicidio, sino que en virtud de esa actitud ni siquiera existe la persona.

      Responder

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