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¿Tiene cura el TAB o Trastorno Bipolar?

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¿Me voy a curar algún día del Trastorno Bipolar?

Responder esta pregunta es fácil y difícil al mismo tiempo. Te seré sincero: yo hace mucho tiempo que no me la hago, porque hace ese mismo tiempo que el tema dejó de importarme demasiado. Pero entiendo que si hay una respuesta esta debe ser múltiple: sí, no, depende. En realidad, puedes escoger cualquiera de las tres, porque todas tienen su parte de validez (y de falsedad, claro).

Si consideras que salir de los brotes o depresiones es curarte, sigues una profilaxis adecuada y además el tiempo te acaba demostrando que has tenido la suerte de que no se te repitan nuevos episodios, la respuesta para ti será probablemente .

Si, por el contrario, crees que vas a vivir toda la vida con esa amenaza que te obliga a tomar permanentemente una medicación y además estás expuesto a episodios inesperados, supongo que tu respuesta sería no.

Por último, si piensas que esta enfermedad, aunque crónica, tiene fases importantes de inactividad en las que puedes vivir con normalidad e incluso relativamente despreocupado, entiendo que tu respuesta más probable sería depende.

Si quieres saber lo que pienso realmente —ya que, como te he dicho, hace mucho tiempo que esta cuestión no me preocupa porque no me daña ni supone un ataque a mi optimismo ni a mi autoestima— es que no. Y es que me parece un error olvidar que el trastorno bipolar es una enfermedad crónica, lo cual en esencia significa que a día de hoy no tiene cura. Prefiero afrontar esta realidad mirándola a los ojos. De alguna manera, ello me ayuda a estar alerta y tranquilo al mismo tiempo, siendo consciente de que la enfermedad puede atacarme de nuevo, pero también de que tengo defensas para afrontarla. De este modo, este pensamiento no condiciona mi entusiasmo ni mi calidad de vida. Me limito a ser precavido y a asumir mi futuro cualquiera que este sea.

Sin embargo, mi actitud no fue siempre la misma. Durante muchos años tuve un psiquiatra —y conste que es un buen profesional— que se negó a darme un diagnóstico porque no quería que yo mismo me «encasillara». Qué tontería más gorda. Cuánto tiempo habría ganado si me hubiera podido «encasillar», como él decía —aunque él se refería al «encasillamiento» con tintes negativos—, en vez de estar elucubrando sobre lo que me pasaba. Al final lo «adiviné» por mí mismo, pero perdí un tiempo precioso que me habría servido para obtener una información fantástica.

Pero el hecho es que finalmente a base de leer conocí mi diagnóstico y entonces me dediqué a absorber —aunque sin obsesionarme, la verdad— toda la información que pude. Lo que ocurrió al hacer esto quizás resulte paradójico, pero a medida que profundizaba en el conocimiento de la enfermedad me fui sintiendo más tranquilo. Y es que, como dijo Jesús de Nazaret (y no lo digo en plan meapilas, pero es así): «La verdad os hará libres».

Hoy día mi actitud hacia el trastorno es de absoluta aceptación (que no resignación). Por supuesto, me tomo mi medicación (no dejo de insistir en la importancia de esto, porque hay demasiados bipolares que se saltan esta prescripción, sin duda la más importante) e intento estar vigilante ante cualquier síntoma sospechoso. Y si por desgracia me sorprendiera un nuevo brote, qué le voy a hacer, lo sufriré, me aguantaré y me levantaré de nuevo… otra vez más.

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