¿Qué es la locura? ¿Estamos locos?

Este post en realidad no va dirigido a nosotros, sino más bien a todos aquellos que sin sufrir el trastorno se lo pregunten, bien por curiosidad o por deseo de ayudarnos. Obviamente, se trata de una pregunta que habría que responder con detenimiento y con una cierta delicadeza, pero como yo no tengo tanta paciencia ni tanta exquisitez, contestaré en función de mi experiencia personal, que al fin y al cabo es lo que mejor conozco 🙂

Si la locura consiste en apartarse de la normalidad, durante las fases maníacas del trastorno sí podemos llegar a volvernos un poco locos, la verdad. En esos momentos, nuestra percepción de la realidad puede verse perturbada y confundirse la frontera entre lo real y lo irreal. A veces podemos sufrir delirios místicos, delirios de grandeza e incluso alucinaciones. En resumen, es posible que en ese estado tengamos una cierta pérdida de control, actuemos con una relativa desinhibición y nuestra conducta se vuelva irracional.

De todas formas, las cosas no tienen por qué ir necesariamente tan lejos. Lo que sí es frecuente es que suframos una exaltación del estado de ánimo que suele ir acompañada de un incremento en la energía. Esta a su vez genera un aumento de la actividad, lo que hace que disminuya la necesidad de dormir y da lugar a verborrea e indiscreciones (confesiones imprudentes). Al mismo tiempo, es fácil apreciar en nosotros inquietud, ideas fugaces o pensamiento acelerado, hostilidad, comportamiento irresponsable

En todo caso, lo cierto es que en esta fase hacemos y decimos cosas que no haríamos jamás en nuestro estado normal y de las que es fácil que nos arrepintamos o avergoncemos después. Si has sufrido un brote psicótico, supongo que conocerás la sensación y probablemente la compartirás conmigo. Y también sabrás, como yo, que gracias a Dios la cosa dura relativamente poco, para tranquilidad nuestra y de los que nos rodean 🙂

En fin, que estamos ante una «chaladura» transitoria y reversible, pero que tampoco la podemos negar. Y que nos duraría muchísimo más si no fuera por los medicamentos, que nos ayudan a bajar de ese tren cuando nos hemos subido irremisiblemente a él. Porque la manía (con ese toque de «locura» o sin él) es un auténtico chute comparable al de las drogas más duras y el sentimiento de bienestar que a menudo (aunque no siempre) la acompaña tiene la fuerza de un ciclón.

Por lo demás, me gustaría transmitir un mensaje tranquilizador o, mejor dicho, varios. Como acabo de señalar, la fase maníaca del trastorno bipolar es relativamente breve (afortunadamente) y lo normal es regresar de ella sin secuelas aparentes. Además, a pesar de la evidente alteración que esta supone, en ningún caso nuestra presunta locura adquiere tintes de peligrosidad. Incluso, por alguna extraña razón, es más frecuente que posiblemente «nos volvamos más buenos» de lo que somos normalmente. En resumen, que si llegáramos a causar algún daño, lo más probable es que este nos lo inflijamos a nosotros mismos y, casi con seguridad, serán nuestra cuenta corriente o nuestra privacidad las principales perjudicadas.

Los episodios maníacos son altamente desestabilizadores, pero ocupan un espacio temporal relativamente pequeño dentro del trastorno y menos aún dentro de nuestras vidas. Y tal como vienen se van (con la medicación, claro), así que sí, es posible que «nos volvamos un poco locos» de vez en cuando y debemos asumir con serenidad que somos susceptibles de ello. Y que, por el momento, lo único que podemos hacer para evitarlo es tomar nuestra medicación con regularidad. Quizá de este modo sea posible que cada vez suframos menos episodios y que algún día esa pesadilla sea parte del pasado.

 

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